JOSE FOUCHE EL GENIO TENEBROSO PDF

Una presencia de tal manera destacada no tolera, a la larga, el termino medio. Y de este pensamiento no logra desasirse ya. Pero el Emperador ordena bruscamente interrumpir las negociaciones. De repente recuerda haberse encontrado en Amberes precisamente a ese odiado Ouvrard. Con inmensa ira presiente enseguida las huellas de cazador furtivo del Duque de Otranto, que se ha introducido nuevamente en el coto vedado.

Author:Tojabar Zusar
Country:Swaziland
Language:English (Spanish)
Genre:Art
Published (Last):18 November 2013
Pages:139
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ISBN:555-6-87254-155-3
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A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos, se cansaba. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al mas humilde en su reino invisible.

A la Iglesia se da temporalmente y no por entero, lo mismo que mas tarde al Consulado, al Imperio o al Reino. Una existencia conventual, humilde. En las celdas de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los clubes de los francmasones. El ambiente es modesto. Todo esto son ya los preliminares del verdadero fin que se propone.

Promete, por lo pronto, a sus buenos electores todo lo que pueda halagarlos. Nunca se enfada visiblemente, nunca vibra un nervio en su cara. Es tiempo de aclarar el caos. Estas dos potencias sostienen la balanza. Condorcet, Roland, los girondinos son sus cabecillas, representantes del clero y de la clase media. Inquieta, oscila la balanza entre los dos partidos. Precavido, reserva su voto decisivo para el momento en que comience a inclinarse definitivamente a un lado o a otro.

No ser nunca el objeto visible del Poder y sujetarlo, sin embargo, por completo; tirar de todos los hilos eludiendo siempre la responsabilidad. Pero es demasiado perspicaz para desearlo seriamente. Sabe de su voz delgada y enfermiza que puede muy bien susurrar, sugerir, insinuar, pero nunca arrastrar a las masas con elocuencia inflamada. La vara de lictor, el cetro de rey, la corona de emperador pueden llevarlos otros tranquilamente.

La mitad del camino esta andado. Ni ha sido posible dejarle huir, como esperaban los moderados, ni se ha conseguido que encontrase la muerte en aquel asalto al palacio realizado por la furia del pueblo, como secretamente deseaban los radicales.

Pertenece a los girondinos, y el deseo de sus electores, netamente moderados, le obliga a pedir clemencia para el Rey. Estos batallones de los agitadores de barrio son conocidos de las pescaderas y aventureros desde la gloriosa conquista de la Bastilla; se los conoce de la hora vil de los asesinatos de septiembre. Siempre, cuando hay que romper el dique de las leyes, se revuelve a la fuerza esta gigantesca ola del pueblo, y siempre lo arrastra todo consigo, irresistible, hasta a aquellos a quienes ha hecho surgir de sus bajos fondos.

Con todos los medios del terrorismo y de la fuerza bruta trabajan los amedrentadores para conseguir que la cabeza del Rey sea puesta bajo la cuchilla. Medrosos, se aprietan en sus asientos los girondinos, a la luz oscilante de las velas, en esta noche gris de invierno. El primero de los girondinos ha fallado. La balanza oscila mucho: un par de votos pueden decidir. Ya no duda. Si deja traicioneramente un partido, no lo hace nunca despacio y cautelosamente, nunca se desliza con disimulo de las filas.

Con estupefaciente naturalidad se pasa directamente al antiguo adversario y acepta todas sus palabras y argumentos. Le importa una sola cosa: estar siempre con el vencedor, nunca con el vencido. Hay, pues, que arrollarlos, en vez de convencerlos. Ninguno se atreve a contradecir. Puede tomar aliento. Elige de su propio seno doscientos delegados que deben representar su voluntad y les da poderes casi ilimitados. Quien lleva la banda tricolor y el sombrero de pluma roja tiene derechos de dictador.

Cada uno es un dictador, un soberano, contra cuyo fallo no se puede apelar ni recurrir. Por eso tienen que ser completamente nuevas todas sus obras, sus sentimientos y sus costumbres. Todas estas cosas tienen que ser objeto de la requisa revolucionaria. Y caen como rayos ardientes las primeras disposiciones contra las iglesias y las catedrales.

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