EL ABANICO DE SEDA LISA SEE PDF

Mediante sus mensajes, escritos o bordados en telas, abanicos y otros objetos, daban testimonio de un mundo tan sofisticado como implacable. A partir de aquellas investigaciones. Lirio Blanco y Flor de Nieve. Ya no me ilusionan los sucesos felices que con tanta facilidad se producen bajo nuestro techo.

Author:Vumi Maukasa
Country:Central African Republic
Language:English (Spanish)
Genre:Politics
Published (Last):2 November 2017
Pages:455
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ISBN:973-3-73873-686-9
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Mediante sus mensajes, escritos o bordados en telas, abanicos y otros objetos, daban testimonio de un mundo tan sofisticado como implacable.

A partir de aquellas investigaciones. Lirio Blanco y Flor de Nieve. Ya no me ilusionan los sucesos felices que con tanta facilidad se producen bajo nuestro techo. Tengo toda una vida por contar; ya no tengo nada que perder y pocos a los que ofender.

Soy lo bastante mayor para conocer mis virtudes y mis defectos, que a menudo coinciden. Siempre he necesitado que me amaran. De lo que yo entiendo es de bordar, tejer y cocinar, de la familia de mi esposo, de mis hijos, nietos y bisnietos, y de nu shu. Los recuerdos pasan a toda velocidad ante mis ojos. Entonces, una sencilla guirnalda de hojas adornaba el borde superior y un solo mensaje se desgranaba por el primer pliegue.

He conocido sus penas y sus quejas, sus injusticias y tragedias. He consignado la miserable vida de personas que tuvieron un triste destino. Ignoraba que pudiera haber otra forma de vivir. Estaba acostada entre Hermana Mayor y Hermana Tercera. Nuestros rasgos distintivos eran escasos.

Corrimos hacia ella. Salimos corriendo de la casa. Sin embargo, ella no dijo nada. Yo fui con Hermana Tercera y mi hermanito al piso de arriba. Se sentaba con ellas y bordaban mientras se contaban historias divertidas. Mi madre estaba agotada. Que salgan. Mi prima y yo bajamos corriendo por la escalera y salimos fuera. Iba montado sobre su ancho lomo, con una pierna doblada debajo del trasero, mientras la otra se balanceaba sobre el flanco del animal.

Dejamos el pueblo y enfilamos un estrecho y elevado camino pavimentado con guijarros. El cielo era de un azul tan intenso como las plumas del martin pescador. Por un momento fui como una perla en su mano. Estaba asustada. Propongo que consultemos a una casamentera. Estaremos esperando. Hasta mis hermanos debieron de percibir el desasosiego que reinaba en la casa, porque se portaron mejor que de costumbre. Con todo, lo que mejor recuerdo es la cara de mi madre.

Se dedican a negociar con los hombres; establecen el precio de las novias, regatean por las dotes y hacen de intermediarias. De nuevo se hizo el silencio. Eso no debe avergonzaros. Hay gente que no cree en los adivinos. Sin embargo, en aquel momento no hubo celebraciones. Creo que en eso estaremos todos de acuerdo. No podemos pagar tus honorarios. Pero una laotong era algo muy especial.

Mi madre y yo fuimos al piso de arriba. Mi padre y mi abuela eran los que tomaban las decisiones que afectaban a la familia, aunque ambos se dejaban influir. Ya no me sentaba en su regazo por la noche, mientras fumaba su pipa.

No puedo decir que fuera amable conmigo, ni mucho menos. Muchas mujeres -como mi madre y mi abuela- nunca aprendieron la escritura, pero saben canciones e historias recogidas en nu shu, muchas de las cuales tienen un ritmo breve y marcado.

Nos daban pastelitos de alubias rojas con objeto de que nuestros huesos se ablandaran hasta adquirir la consistencia de un pastelito. Un pie perfecto debe tener la forma de un capullo de loto. Luna Hermosa y yo negamos con la cabeza. Hermana Tercera, nerviosa, miraba en busca de un lugar donde esconderse. Hermana Tercera no paraba de chillar. Los minutos siguientes se me antojaron eternos. Hermana Tercera no paraba de bramar e intentaba soltarse de Hermana Mayor.

No pudimos comer nada. Por fin toda la familia se fue a dormir. Cuando nos tumbamos, sentimos un gran alivio. El simple hecho de tener los pies a la misma altura que el resto del cuerpo calmaba el dolor. La punta es fina y delgada. El dolor no se atenuaba. Notaba los dedos quebrados con cada paso que daba, porque bailaban dentro de los zapatos.

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